Crisis y Cristianización de las Potestades
Todo esto ciertamente no significa que la iglesia de Cristo permanece como una isla solitaria en medio de un mar inquebrantable de hostilidad. Solamente por ser la iglesia, se convierte en el instrumento por el cual Cristo trae crisis al gobierno de las Potestades aun más allá de sus fronteras. El Señor exaltado no revela Su señorío a través de fundamentar Su iglesia únicamente. Fuera de sus fronteras Él está activo, haciendo su victoria manifiesta. Esta victoria no es solamente futura para Pablo; ya es efectiva en esta dispensación. Siendo así podemos ir un paso más allá a partiendo de la “limitación” de las Potestades (capítulo 4). La encarnación de Cristo y su sacrificio en la cruz ya incluye la puesta en marcha de la restauración de las Potestades a su posición apropiada. Colosenses 1:20. Este es ahora el propósito de Dios,
…y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
La inefable realidad tras estas palabras es mejor ilustrada cuando ponemos atención a lo que sucede cuando la misión irrumpe dentro de una cultura pre-cristiana o extra-cristiana. Una desintegración completa de la sociedad, la cual era previamente gobernada por ciertas Potestades, toma lugar. La vida es zarandeada, profanada, “des-divinizada,” al tiempo que el nuevo Señor hace Su entrada. Como el que entra es éste Señor, esto no es para mal, sino para el sumo bien de todos.
Conocemos las historias y testimonios de hombres que fueron liberados por Cristo de la esclavitud de las Potestades que los habían manipulado. Esta paz con Dios en Cristo crea entonces sus propios nuevos patrones de vida, dentro de los cuales las Potestades toman el puramente instrumental y modesto lugar que les corresponde desde un principio.
No debemos de cometer el error de reconocer que la proclamación de Cristo como Señor sobre las Potestades puede con el tiempo llevar a resultados diametralmente opuestos y fatales. Los enemigos de la misión cristiana tienen un olfato agudo para tales cosas. ¿Qué sucede cuando el nuevo Señor no puede hacer valer, o no puede hacer valer ya más, Sus demandas sobre los hombres y sobre las Potestades? Pudiéramos pensar que la vida anterior bajo las Potestades como “ayos y tutores” ha de regresar, y que entonces son restauradas las condiciones precedentes a la proclamación del evangelio.
Pero sabemos que esto no es lo que sucede. Simple y sencillamente no puede. Cuando el gobierno de Cristo ha entrado en la escena, ya no hay más “retorno.” Si las señales positivas de Su control están faltantes, quedan las señales negativas, permanentemente cauterizadas en las almas de los hombres. A pesar de ellos mismos, los hombres confiesan Su señorío. Las Potestades una vez derrocadas no pueden regresar como si nada hubiese ocurrido.
Aquél cuyos labios ha puesto en la copa,
Su alma ha sido despojada de toda inocencia,
Su carne ha sido perforada por el Cielo.
Aunque el agua sea convertida en vino,
Los sedimentos le seguirán envenenado el alma
Con una sed que jamás puede ser apagada
En las fuentes que pueda encontrar aquí abajo.
Quien ha probado una vez el pan celestial,
Dentro del silvestre que el Eterno injertó,
Ha vendido su vida al precio
De una enconada muerte doble.
Hemos llegado entonces a lo que en nuestra opinión es la clave de la crisis cultural de nuestra era, tanto en Asia como en Europa, y de hecho en prácticamente el mundo entero. Dondequiera que Cristo sea predicado como Señor, se le ha puesto fin al reinado estable de las Potestades. La crisis de las Potestades sigue estando en efecto donde Cristo ya no puede (como en Europa y más recientemente los Estados Unidos) o todavía no ha podido (Asia) hacerse de la vida de las gentes. La proclamación ha salido de Europa, pero más lo ha hecho su aspecto negativo, el derrocamiento de las Potestades. Donde lo último no es acompañado de lo primero, existirá una crisis cultural de proporciones tremendísimas y de gravísima seriedad. La vida ha perdido su antigua unidad sin encontrar otra que la reemplace.
¿Qué solución puede haber a esta crisis? Una posibilidad es la secularización. En una vida tal, muchas Potestades tienen un cierto lugar, pero no hay una sola que juegue un rol total y unificador: la vida sigue su curso sin un centro. Así pudiésemos caracterizar la vida de nuestro “mundo de cultura” moderno. Las Potestades del ideal humanístico de la personalidad, de la existencia humana decente, de la moralidad pública, de Mamón, Eros y la tecnología, se limitan y se superponen mutuamente, manteniendo cierto tipo tolerable de equilibrio. Obviamente este balance es inestable en extremo. Las pesas pueden inclinarse en cualquier dirección.
Por una parte, la vida secularizada puede convertirse rápidamente en nihilismo. Esto sucede porque el fundamento del peculiar balance de las Potestades es la incredulidad hacia la deidad y la autoridad esclavizante de cualquiera de ellas. De aumentar indefinidamente esta incredulidad, la vida se convierte en un desierto espiritual. Ahora bien, esto no necesariamente lleva a la desesperanza; puede ser una actitud incluso heroica. En esta posición, un hombre no tiene de dónde asirse fuera de sí mismo. Él ha “visto a través” de cada reclamación de autoridad, de cada llamado a la obediencia viniendo del exterior. Si se le concede a estos reclamos cualesquier peso, es solamente para que el equilibrio tolerable que le da espacio para respirar no sea colapsado.
Siempre será una cuestión abierta si el hombre puede sobrevivir dentro de este nihilismo, el cual es el amenazante trasfondo para muchos, de hecho, de cada área de la vida secularizada. La convicción de que no hay otra opción si desea seguir viviendo de alguna forma le habilita para aguantar dentro de las dos posturas que se acaban de describir. Pero son posturas no naturales. En consecuencia los hombres son acechados por una añoranza, usualmente inconsciente, pero que a veces brota de manera repentina, después de una “restauración de las Potestades,” corriendo en pos de los propósitos de una vida que es colocada y vivida bajo la señal de una idea que inspire y unifique. El fascismo y el nazismo han demostrado lo cerca que está de la superficie ésta añoranza del espíritu europeo. El encanto de millones de personas hacia el comunismo en Europa no debe de ser atribuido solamente a sus soluciones para la problemática social, sino también, y primariamente, al hecho de que es una “religión mundial político-social.” Las gentes de Asia, quienes han tenido apenas una mínima influencia cristiana y que han vivido bajo las Potestades por mucho más tiempo, se sienten completamente incapaces de vivir sin la presencia de nuevos absolutos.
Hemos hablado de una “restauración de las Potestades.” Esto es inexacto. No existe un “retorno” después de que las Potestades han sido desenmascaradas y desarmadas por la proclamación del evangelio. Siempre que las Potestades buscan retomar el control a través de un coup d’état contrarrevolucionario, tienen que ser necesariamente distintas de lo que eran antes de su encontronazo con Cristo. Aun en su rebelión, la marca de su sometimiento a Cristo está escrita en sus frentes. En lugar de sólidos “guardianes y curadores” se han convertido en iracundos usurpadores anticristianos. Su autoridad ya no es evidente por sí sola. Han entonces de contraatacar la profunda incredulidad hacia su “virtud para salvar” usando medios más poderosos, puesto que dicha incredulidad habita en el espíritu humano a partir de Cristo y no puede ser erradicada. Terror, propaganda y la idealización artificial de todas las facetas de la vida son los concomitantes inseparables del gobierno de las Potestades después de Cristo. No es posible regresar a la antigua China o al antiguo Babel. “Quién ha puesto sus labios a la copa, su alma ha sido despojada de toda inocencia.”
Esto es el porqué la restauración de las Potestades no puede ser la solución. La artificialidad y siniestro de su reinado le roba a la vida humana tales valores esenciales que hay millones de personas todavía para quienes el precio de su restauración es más alto de lo que están dispuestos a pagar. La crisis de nuestra cultura es tal que los hombres mantienen el terreno de muchas maneras, y ninguna de ellas, sin embargo, lleva a una solución acorde con nuestra naturaleza y propósito. Sufrimos de una “sed que jamás puede ser apagada en las fuentes que pueda encontrar aquí abajo.”
¿Será que no hay entonces una cuarta solución aparte del secularismo, nihilismo y “restauración”? Aun si hacemos a un lado como no realista la suposición de que más de una pequeña minoría entre los hombres pueda pertenecer a la iglesia verdadera de Cristo, tenemos que afirmar que existe todavía una cuarta posibilidad. Puede suceder que la iglesia de Cristo, por su predicación, su presencia y los patrones de vida obtenidos en su comunión, pueda representar un testimonio poderosísimo que fuerce las conciencias de los hombres más allá de sus fronteras, de tal forma que se orienten a sí mismos de forma general hacia esta realidad, aceptándola tácitamente como referencia. Ocurriría así porque sabrían que no existe otra mejor garantía de una vida decente, de misericordia, libertad, justicia y humanidad aparte de un cierto conocimiento general de la soberanía de Cristo, o (como prefieren ellos llamarlo) del “cristianismo” y los “valores cristianos.” Desde un particular punto de vista, esta aceptación general es algo poderoso. Se trata de una importante señal positiva del dominio de Cristo sobre las Potestades y de Su influencia sobre las consciencias; una influencia tal que puede ser vista extendiéndose más allá de las fronteras de la iglesia.
Esta situación no es solamente concebible, aparte de las otras posibilidades; repetidamente se ha hecho real y efectiva, y todavía es real y efectiva en numerosas formas de comportamiento aparentemente secularizado. Pudiésemos calificar esto como la “cristianización” de las Potestades. Pero debemos de ser cuidadosos con la palabra. No puede significar más aparte del hecho de que las Potestades, en lugar de ser ejes ideológicos, sean lo que Dios predispuso que fuesen: ayudas, instrumentos, dándole forma y dirección a la vida genuina del hombre como hijo de Dios.
Que sean “cristianizadas” significa que son hechas instrumentales, hechas modestas; uno puede incluso decir “neutralizadas.” Dando por sentado que uno no piense que éste es el fin en sí mismo (si lo fuera, estaríamos de vuelta en el secularismo), sino que es orientado por, y apunta hacia Dios mismo en sus tratos con los hombres en Cristo Jesús y a la vida de los hombres en comunión con el mismo Dios. Pertenece a la naturaleza de diversas Potestades que su “cristianización” no puede significar lo mismo en todos los casos.
Para el estado significa “de-idealizar,” una reducción a sus dimensiones verdaderas y apropiadas. El estado ya no sirve a sus propios intereses y ya no puede esclavizar a los hombres a la visión del mundo que propaga; se convierte simplemente en un medio para evitar el caos y para ordenar las relaciones humanas de tal forma que podamos vivir una vida estable para seguir el llamamiento de Dios, sin ser obstaculizados por estorbos externos.
En los ámbitos de la técnica y la economía, “cristianización” significará la sujeción de sus recursos para servir al hombre de acuerdo a la intención divina. En el ámbito de la educación, “cristianización” significará desechar ideologías y ofrecer a la niñez una perspectiva de las obras redentoras de Dios y de Su voluntad para sus vidas. En las leyes significará que la legislación y ejecución se basarán en lo que Dios en Su Palabra llama bueno o malo. En un caso la relevancia de la revelación de Dios es más directa que en otro. Pero en todos los casos las Potestades son relativizadas, hechas modestas. Ya no pretenden ser más el foco en torno al cual gira la vida. En este mundo, uno asume tácitamente que el centro está en otro lugar, por encima de las Potestades, y que la vida recibe su inspiración y su esperanza de una esfera superior. Este “darse cuenta” por más vago e inconsciente que sea, nos habilita para comprender el hecho de que las Potestades han sido destronadas. Uno entiende intuitivamente que es solamente así que la vida puede ser vivida.
Ahora, tal orden de las cosas no es automático. Que puede convertirse en una realidad, lo sabemos en Europa, y no separada de la historia. Esta “cristianización” es mucho más fuertemente presente de lo que sospechamos. Pero la frontera entre la vida “cristianizada” y la secularizada es tan fluida que nadie puede decir dónde comienza una y termina la otra. Esto sucede porque la “cristianización” es en sí una forma, y ciertamente la única forma legítima, de secularización. En lo que llamamos “secularización” la conexión entre las Potestades y Cristo ha sido nuevamente quebrantada y aquellas han vuelto a conseguir algo de su posición anterior. Este es un orden más “natural” que la “cristianización.” La restauración de las Potestades sería el arreglo más normal, si no fuera porque desde Cristo las Potestades pueden operar solamente de una manera pervertida e irascible, de tal forma que su retorno al poder en nuestra sociedad, por prevalente que sea la tendencia en esa dirección, siempre se encontrará con férrea resistencia. Dentro de esta existencia secularizada el hombre busca con ahínco un “Dios o sociedad para adherir mi ser a una seguridad inspirada.” Pero el señorío de Cristo (lo que llamamos “valores cristianos”) está todavía circulando en la sangre de tanta gente que intentan con todas sus fuerzas escapar del aterrador agarre de las Potestades. Tal movimiento pendular es característico de una cultura en donde el nombre de Cristo ya ha sido proclamado. La desesperada oposición entre América y Rusia, entre la democracia y la dictadura, es una señal de esto.
Y ese movimiento de péndulo es normal en un sentido: la “cristianización” no lo es. Una vida cuyas estructuras e instituciones están abiertas a las reveladoras obras de Dios no surge automáticamente de la nada. Una situación entonces permanece “abierta” en tanto que sea mantenida así por Cristo mismo, quien ha conquistado las Potestades y a quien toda autoridad en los cielos y la tierra es dada. Para el ejercicio de Su autoridad Él no necesita a la iglesia; sin embargo es igual de cierto que Él repetidamente escoge usar Su iglesia para este fin. No existe “señorío objetivo” sin la iglesia, la señal primera de dicho señorío.
Ni tampoco podríamos hablar de este señorío aparte de—no digamos de lo político u organizacional—la energía profética que la iglesia presenta en una conjetura del tiempo dada. Aquél que cree y es arrestado por este señorío sabe que su avance no puede ocurrir sin él. Que la “cristianización” no puede ser dada por sentado es un reto constante a la iglesia suficiente para mantenerla ocupada, para que a través de las aperturas que son mantenidas así, donde haya algo que mirar, la vista pueda ser inspiradora. Hasta donde sabemos, la “cristianización” es inconcebible aparte del testimonio vivo y profético de una iglesia vital en palabra, hechos y presencia. Menos que eso no basta. El luchar para neutralizar las Potestades y des-idealizar la vida, sin tomar como punto de partida y como meta la realidad de Dios en Cristo, no nos llevará más lejos de lo que lo haría cierto grado de “humanización,” la cual el día de hoy o mañana caerá presa de otra Potestad, aquella de la “humanidad.” Buscar la neutralización de las Potestades y des-idealizar la vida a través de apuntalar el mensaje profético con medidas coercitivas para entronar a Cristo sin tener que pasar por la desviación de la predicación y la conversión, conseguiría demasiado y por lo tanto muy poco. Con esto meramente se conseguiría que una Potestad fuera reemplazada por otra—en este caso la ideología cristiana—cuyo carácter legalista tendería a velar la visión de la salvación del Señor y ultimadamente degeneraría en hipocresía.
Lo mínimo y al mismo tiempo lo máximo a lo que hemos sido llamados es a lo que Pablo mismo enseña: llegar a ser una iglesia que tanto en palabra como en obra vive a partir del hecho de que Cristo ha prevalecido sobre las Potestades, y que las mantiene a raya en virtud de su fe. Entonces Cristo, gracias a su soberanía objetiva, se asegurará de que la existencia misma de la iglesia limite y por tanto rompa la opresión de las Potestades. En este sentido, la iglesia es ultimadamente responsable de la crisis cultural contemporánea.
Un ejemplo claro del poderoso exorcismo que la vida y testimonio de la iglesia pueda alcanzar es la manera en la que esta iglesia, sin poseer fuerza alguna ni tomar ninguna acción, simple y sencillamente a través de su negativa a participar en el politeísmo y la adoración al César del imperio romano, puso un fin a ese imperio. Eso fue posible y todavía puede ser hecho. Incluso la historia holandesa reciente da ejemplos de ello en una escala más modesta. El dominio de hombres virtuosos, iluminados y autónomos, a los cuales el liberalismo buscó establecer hace un siglo, ha sido limitado y quebrantado (al menos parcialmente) porque la iglesia resistió obstinadamente, especialmente en el ámbito educativo. Similarmente la democracia, que de acuerdo al precedente francés fue fundamentada en la ideología de la soberanía popular, ha sido reducida a un set de reglas prácticas para servir a la acción humana en el nivel político.
Además de la iglesia cristiana, la ideología socialista también ha contribuido a socavar el liberalismo. El hecho de que en este triunfo el socialismo estaba dispuesto a negar su carácter ideológico, un evento al que cristianos dentro y fuera del movimiento contribuyeron decisivamente, es una vez más, por aquellos que quieran verlo, una señal de la superioridad de Cristo sobre las Potestades que buscan encapsular nuestras vidas. Es una triste señal de la pobreza espiritual de la cristiandad de los Países Bajos que muchos desean menoscabar este logro. Por otra parte, aquellos que estuvieron activamente involucrados deben de ser cuestionados acerca de si realmente comprenden el riesgo inenarrable que acompaña al fin de las ideologías. Cuando la habitación espiritual de miles de hombres trabajadores está vacía, son más los espíritus inmundos que entran al final comparados con los que fueron expulsados al principio. La neutralización sin la profecía viviente de la iglesia es incluso más amenazante. Siendo así, debemos de estar profundamente agradecidos con todos aquellos que, a menudo oprimidos por los cristianos ortodoxos, dieron cuerpo a esta profecía en palabra y hecho, en la frontera entre la iglesia y el mundo.
Pero la batalla con las Potestades continúa. “Cristianizadas” aquí, explotan en otra parte. Cada “cristianización” tiene solamente un valor parcial y temporal. El gran dilema de la iglesia siempre es qué Potestades están tratando de someter la vida bajo su control ahora. Esto puede verse mejor desde la distancia. Las iglesias jóvenes en el Lejano Oriente enfrentan una lucha inminente contra el nacionalismo. Ellos mismos y las gentes entre las que viven deben de aprender a ver y a manejar su existencia nacional, no como un fin, sino como medios para un fin más alto.
¿Y qué del comunismo? Quien cree en la victoria de Cristo no puede creer que las Potestades de clase y del estado, las cuales han tomado la forma del comunismo, son invencibles (téngase en mente que el libro fue escrito en 1953, cuando la amenaza del comunismo estaba en todo su apogeo. Sin embargo, permítase el lector extrapolar este punto a manifestaciones socio-político-religiosas más recientes, como por ejemplo, el apogeo del Islam. N. del T.) La iglesia que resiste en palabra y obra el envenenamiento ideológico de su vida (como lo hace al momento de éste escrito en la zona oriental de Alemania) puede orar y esperar que Cristo endose con una eficacia de grandes alcances la supresión de las Potestades que está proclamando. ¿Por qué pues ninguna sociedad comunista puede ser posible, en donde un totalmente nuevo orden económico cumpla específicamente con un rol establecido, donde la iglesia dentro de un sistema de estado igualmente orientado a lo práctico sostiene su visión del señorío de Cristo intacta? El idealista que considera al comunismo como inocuo no comprende en absoluto la fuerza de las Potestades. El pesimista que considera el comunismo como incorregible no comprende en absoluto el señorío de Cristo. La iglesia cristiana viviente y profética seguirá adelante a pesar tanto del optimismo como del pesimismo.
Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí a allá, y se pasará; y nada os será imposible (Mateo 17:19-20).
Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno (Marcos 9:29).